Relación del marinero
El miedo corrompe incluso a los
seres más apartados de la humanidad. Está relacionado con las percepciones; es
una respuesta, un reflejo, es la invasión de los sentidos por el ambiente, el
regreso al lugar primigenio, fuera del tiempo y las creencias. Un no-lugar
donde la oscuridad obtura los sonidos y puebla la piel con roces inexplicables.
El aliciente del mar brotando con el bramido de 100 yeguas lanzadas por la
borda en medio de una tormenta nocturna. Un momento antes de morir, castigo
divino, ajuste de cuentas familiar incapaz de ser realizado por un padre
impotente con las articulaciones cortadas mientras su hija de 14 años es
violada por cada uno de los miembros de la tripulación. Oh, sí, carne blanda y
firme a la vez, bañada de fluidos relucientes y espesos. ¡Perdóname padre si
contradigo la carne misma a la que tú asignaste un alma en el cielo judío!
Alguna vez escuché acerca de los
peligros del mar: medusas enormes que pican una pequeña zona del cuerpo que
poco a poco se disemina hasta dormir los nervios de todo el miembro; tiburones
que cortan extremidades mientras arrastran un rio bermejo tras la pierna o
brazo perdido, pequeños caracoles que entran por los orificios de la cara hasta
anidar en el cerebro. Pero en mi opinión, más abrumador aún, hombres que portan
con orgullo el desvalijamiento, el robo y la destrucción de los pueblos como un
trofeo. Arrebatando hijas, cortando lenguas, separando nervios de la piel uno
por uno, ahogando en una cubeta, la manera más patética de morir; o bien, sacando
los ojos, uno primero, mientras los perros hambrientos a los que se los entregan,
devoran la luz que alguna vez invadió el nacimiento del día.
No hay peor animal que aquel que
exhibe sus genitales como muestra de poder; muy distinto a su contraparte, claro.
Nunca la mujer, pues ellas en ninguna ocasión han sido tan fuertes como para
evitar que nuestros colmillos devoren la suave carne de su entrepierna. Para evitar
que un trozo de cuero sonrosado sea más delicioso que la ambrosía perteneciente
al empíreo.
Hombres mismos como animales, con
los mismos deseos, con la misma respuesta a la luz embriagadora del faro de la
religión; al dios imperecedero que envuelve con su gracia a aquellos que se
arrepienten, a aquellos que lloriquean antes de morir. Los mismos que cuando presencian la muerte de
sus madres se revuelcan en el suelo donde asesinaron y bebieron la sangre de un
infante a manera de ofrenda a lo divino, pues es bien sabido que los genocidios
elevan el espíritu de los caídos a la esfera
más alta de cielo, el lugar donde solo habita el creador del universo, el dador
de vida a través de la palabra, aquel que dice “eres mía” y en un momento yace
la joven cubierta de fluidos y sangre donde alguna vez hubo esperanza en lugar
de un mero rastro de semen. El mismo, el mismísimo hombre que una vez despojado
de su halo de santa superioridad termina al igual que un roedor más invadido
por las obsesiones y las voces que nunca existieron mas que en su retorcida
mente de memorias y supuestos.
Así es; alguna vez, yo escuché
esas historias, puede que un poco antes de perderlo todo, cuando la niña de mis
ojos descubrió que era hija del incesto, o la violación. Justo cuando me dijo
que no podía soportar convivir más con monstruo. Luego de que comprendí que no
estar cerca de las personas es igual que estar rodeado de ellas. Cuando la
perdición, los vicios y la charlatanería en que olvidaba mis días equivalían del
mismo modo a las sonrisas hipócritas de aquellos personajes amables que me
topaba día con día. Justo ahí, cuando por fin, luego de tantos malditos años,
la Voz, la única e incorruptible, me mostró que mi idea de buscar una sola
cosa, un solo tesoro vedado, estaba destinada a perecer en el momento mismo en
que lo encontrara.
Puede que nadie nazca solo, claro
que no; nadie busca estar solo, pero siempre pasa. Mi esperanza partió un día
mientras prometía su regreso. Un deseo igual de patético, ya que tiempo después
la vi ser arrastrada a las alcantarillas por un hombre brusco y asqueroso. Yo
no pude hacer nada, ella se buscó ese final. Me prometió que guardaría su vida
hasta el día en que me conociera. Pero luego de encontrar su cuerpo lacerado y
manchado con las manos de otra persona, el refugio de la divinidad no entró más
que en donde lo hacen los espíritus alguna vez vanagloriados en las cruzadas y
en los mitos de los más valientes de manera cíclica e ininterrumpida. Aquel que
alguna vez fue mi sueño se trastornó en las más abstractas y míticas imágenes:
los ligamentos sin piel, la noche eterna, los quejidos inmisericordes de las
almas en pena de los torturados en correspondencia y cópula con las más
hermosas mujeres en un baile perenne de sádico multicolor. Múltiples, y una
sola, imágenes revoloteando en las espesas aguas del recuerdo transfigurado a
falta de veracidad en la precisión de la mente.
Como sea, una noche más sin
alimento, el sol abrazador que hace crujir la madera del barco. La danza eterna
de la muerte que se lleva uno tras otro a los cuerpos sin vida por el peso de
la gravedad hasta el fondo del litoral que desgarra. Promesa de oro, de
cuerpos, de telas y múltiples especias; el día vagando por tierras de
abundantes helechos, probando la madurez de la carne dulce, hundiendo los dedos
en las frutas jugosas y repletas. Miedo, respeto, gloria. Quién diría que el
filo de una espada o el tronido de un cañón logra despertar las sensaciones más
dulces. Quién diría que para obtener lo que quieres basta con gritar fuerte,
amenazar y arrancar el movimiento de las piernas a quien lucha por escapar.
Recuerdo cómo disfruté esos días
en que volví a mi poblado. Apenas llegué, hundí el filo del sable en la mejilla
del mequetrefe que miraba mi vida como un desperdicio igual de significativo
que una bolsa llena de mierda. Sí, recuerdo la satisfacción de mirar escurrir
sus lágrimas, y las de su madre, rogando por su vida. Tenía un hijo, o hija, o
algo que destruyó sus cuerdas vocales mientras me retiraba. Suerte para mí que no
recuerdo su rostro, pues reía a carcajadas mientras mis compañeros lo
arrastraban para ahogarlo.
Por supuesto que ese día visité a
mi amigo. Le pregunté por aquella persona que alguna vez me interesó; pensaba
apropiármela, pero él no sabía su paradero. Es un buen tipo, me hablaba siempre
de su pasado, él creía que lo había perdido todo. “Si tú lo hubieras perdido
todo, me habrías acompañado”. Por alguna estúpida razón creía en la humanidad.
No en el conjunto de gente, más bien en la capacidad de cada persona de poseer
un alma. A veces regalaba dinero a los desvalidos o donaba ropa. Todo un
imbécil. Si supiera lo que las personas como yo hacen a las personas como él,
no se molestaría en buscar la forma de volverse digno. Algún día morirá por ser
tan ingenuo. Si tuviera corazón, terminaría con su vida, pero no lo tengo.
Frecuentarlo me recuerda que aún no he perdido del todo la cordura. Después de
todo se necesita un hogar al cual volver, un refugio que permita dormir.
Patético, pero él y mis recuerdos son el lugar al cual acudo para burlarme, y
la vez volver, al espacio en el que pende mi memoria. Pensamiento
contradictorio, sería mejor olvidarlo todo; si dejara de mantener mis recuerdos,
pararía de destrozar a golpes a cada mujer en la que encuentro siquiera un
pequeño parecido con ese rostro que alguna vez colmó mis sentidos con sueños.
Evidentemente nunca será el mismo rostro, pero masacrar la carne es igual de
placentero que probarla y suponer que los gritos de esas mujeres y niñas
pagarán el costo.
Curioso, pero el estremecimiento
orgásmico de esos momentos es semejante al de este momento. Ahora cuando
comprendo la manera como el miedo incentiva a los asesinos, al mostrarles
visiones para justificar sus actos. O quizás sea por las semanas sin comer, o por
beber agua de mar a falta de ron. Quién podría saberlo, los demonios no son más
que ángeles corruptos. “Luego de conocer al objeto del deseo, éste mismo pierde
valor y puede ser superado”. Yo conocí a cada uno de los objetos de mi más
recóndito y retorcido deseo. Las sonrisas pierden valor cuando se adjudican a
cada una de las personas que conoces. En el momento en que la estúpida cara de
una niña te gruñe es cuando te das cuenta del valor vacuo de tus supuestos. Después
de ella he mordido los labios de todas y cada una de las niñas de su edad que
he violada hasta sacar sangre de su tierna carne. Es mi mejor manera de
terminar, de comprender que la piel solo pasa de una mente a otra, que todas
las personas son iguales y que hasta el más fiel de los hombres babea ante unas
buenas tetas y una cara estúpida y complaciente.
No importa… Bañado de la misma
forma por las aguas mismas de la tierra, así como viví estos últimos años, es
como moriré. Cubierto por visiones, apresado por tentáculos que sustraen
cabezas cual gusanos degollados. Movidos por el vaivén eterno del miedo a la
muerte. Cerca de los alaridos de algo que se avecina, sin percatarnos de la
manera como la madera colapsa y la muerte llega. Es este el momento en el que
todas las historias tornan en realidad y lo último que escuchamos es el vacío
inexplicable inmediato al momento en que los gritos se han cegado y la sangre
fluye por la cubierta de manera abundante.
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