La cagó
La
cagó
––¡Como a
un perro! ––dijo él:
era como si la vergüenza
debiera sobrevivirle.
Franz
Kafka
(El
proceso, 1925)
El
culo es como la conciencia: siempre está sucio. Si no me cree pásese el dedo. Y
es que, por más que uno no quiera y por más que uno lo limpie, siempre se ensucia,
hasta por mamadas, como los pedos. Yo no sé por qué a las personas les dan pena.
Están tan acostumbradas a ser decentes
que nunca quieren echárselos en público, aunque les duela la panza, y cuando lo
hacen, porque de plano ya no aguantan, porque la naturaleza siempre puede más
que la voluntad, aprietan las nalgas para que no se escuchen. Así, aunque huelan,
nadie sabe quién fue. Pero no siempre funciona. Como la verdad o los errores, a
veces salen sin querer y terminan en un cagadero. Pero eso es inevitable, o
natural, que a fin de cuentas es lo mismo, porque todos cagamos, ¿no? Y uno no
debe avergonzarse de lo que hace su cuerpo. Usted lo sabe mejor que nadie. Diario
trabaja con ellos, y apuesto que al final todos huelen igual, como el mío, el
mío más que el de todos. Ándele, dígalo con confianza. La verdad es la verdad. Pero
que no se le vaya la lengua porque me enojo. Ni me vaya a salir con que es mi
culpa. Eso creen todos, pero no saben. No saben si así nacimos, si nos echaron
a la calle ni por qué, no saben si nos perdimos o nos escapamos, no saben... Y
cómo van a saber si no preguntan, y no preguntan porque “saben”. “Vive así
porque quiere” o, como si fuera tan fácil, “¡Ponte a trabajar, pendejo!”, o,
luego de darte una patada, “Sácate de aquí”, te gritan algunos que se creen
superiores, y de seguro lo son, pero tampoco deberían hacer sentir mal a uno. Aunque
no parezca todavía somos personas con sentimientos, incluso ahora, así como me
ve. Otros hasta se cambian de calle porque creen que los vas a morder o algo
peor. Los más culeros ni te voltean a ver. Es como si no existieras. Y casi te
lo crees, pero no todo el mundo es igual; de que hay buena gente hay buena
gente, que luego te da una moneda o algo de comer, como mi amigo El grasas.
Siempre que iba a su puesto me invitaba mi taco y mi cigarrito, con la
condición de que me abriera porque mi olor molestaba a los clientes. Pinches
mamones. Como si ellos fueran a oler bien para siempre. Como me huelen van a
oler… Pero todo lo bueno se acaba, ¿no? ¿O solo me pasa a mí? Un día ya no
estaba. En su lugar había una señora, que, nomás me vio, me dio un palazo en la
cabeza, pero cabrón. Hasta chillé. No sé por qué me pegó si yo no le hice nada.
Ni siquiera la conocía. Pues ya nunca regresé. Y ahí me ves otra vez, caminando
sin destino, un paso, luego otro y otro más, siempre hacia adelante, sacando comida
de la basura, que casi siempre está echada a perder y te hace daño, porque
nosotros también nos enfermamos, pero uno es feliz de tener algo en la panza,
aunque sea un ratito. Lo malo es que muchas veces, por más que busques hasta el
fondo, no hay nada… Pero una noche mi buena suerte, o más bien mi buena nariz,
algo bueno había de tener, me llevó hasta un local gringo que siempre tiraba las
sobras de los clientes y algunas cosas que no alcanzaba a vender en el día,
dizque porque tenía la política de usar siempre ingredientes frescos y recién
cortaditos. Bueno, no sé si era gringo; tenía un nombre bien raro que no podía
prenunciar, pero sí sé leer, eh... La cosa iba bien, mejor que bien; me
encontré unos huesitos de pollo, con carne todavía; cómo se ve que no saben
comer, pero mejor para mí. En eso llegaron dos cabrones bien vestidos, bueno,
todos visten bien si los comparo conmigo, a hacérmela de pedo; que quién chingados
era yo y que por qué mierda estaba ahí, que me fuera a la verga y un chingo de
mamadas y groserías hacia mi persona. Yo ni caso les hacía, pero uno quiso
chingarme mi comida, y ahí sí me emputé. Yo era tranquilo; nunca me metía con
nadie; era bueno, se lo juro, pero, como a cualquiera, si me cucan no me
aguanto. Con un buen putazo en el hocico tuvo, pero el otro se me aventó por
atrás. Le di la vuelta en chinga; ya lo tenía bien agarrado del cuello; era mío
el wey, pero el otro me tumbó de un piedrazo en la cabeza, y antes de que me
pudiera levantar, ya me estaban pateando entre los dos, y pues así no se puede.
Creí que allí iba a quedar, pero cuando escucharon la patrulla corrieron como
ratas. Se pelaron, como siempre, pero me llevaron a mí por daños a la moral y
por alterar el orden público... Estuve encerrado varios días. El número no
importa; el tiempo ya no importa. Hace mucho que dejó de importarme. ¿Hace
cuánto? No sé y tampoco me importa… Una mañana, tarde o noche, no sé, me despertó
el ruido de los barrotes.
––¡A
ver, pendejo! ––gritó un policía ––¿Cómo te llamas?
Yo
todavía estaba medio dormido y por eso no le hice caso. Es más, ni sabía que me
hablaba a mí hasta que me dio un zape. Y es que había tantos de nosotros que
bien podía estarle hablando a otro.
––¿Estás
sordo, cabrón? Pregunté que cómo te llamas.
¿Que
cómo me llamaba? Hacía mucho que nadie me preguntaba eso. ¿A quién puede
importarle mi nombre ahora?
––¡Que
cómo te llamas, hijo de tu puta madre!
––¡Paco!
––le contesté muy fuerte y muy rápido el primer nombre que se me ocurrió.
––¿Ya
te quieres ir, Paco?
––Sí,
mi jefe ––le respondí con la cabeza.
––Pues
qué lástima porque no puedes ––me dijo riendo como loco.
––¿Tienes
hambre, mi Paquito? ––me preguntó el otro.
Sí,
mi jefe. Siempre tengo.
––¿Quieres
de mi torta, puto?
Nomás
la vi y se me hizo agua la boca, y cómo no si se veía bien rica y su olor me
hacía flotar, así como en las caricaturas. Usted sabe de qué hablo. Pero luego pensé
que era otra broma, sí, a veces pienso, no crea que no, y por eso mejor me
quedé callado, solo viéndola en su mano ir de un lado a otro, de arriba a
abajo, de adelante hacia atrás, tan cerca de mi boca y luego tan lejos… Él
nomás se reía de mí, “de mi cara de pendejo”, le decía a su compañero, pero
cuando se distrajo se la jalé de las manos al pendejo… Yo no quería morderlo,
se lo juro, pero el hambre es cabrona. Por ahí dicen que a todo se acostumbra
uno, pero al hambre no, no al hambre… Se puso como loco; empezó a patearme y
pisarme, a darme golpes en las costillas con su macana. Parecía un perro
furioso acostumbrado a matar: le salía espuma de la boca, me gritaba mil cosas
y sus ojos echaban odio y fuego... Para acabar, me levantó de los pies y me
azotó contra el suelo varias veces. Yo solo podía llorar y cagarme encima…
Después de tremenda putiza no me podía ni mover. Tenía los huesos rotos, la
cara llena de sangre y la boca partida. Me dolía todo... Por fin se fue; creí
que todo había acabado, que ya me iba a dejar en paz, pero volvió con su
pistola y me disparó en el pecho... De pronto tuve sueño y frío… Me subieron a una
camioneta, arrancaron y, una vez lejos y sin detenerse, me tiraron a la calle.
Ya ni sentí la caída… Y ahí estaba yo, sólo, más muerto que nunca, pudriéndome
bajo el sol, lleno de moscas volando a mi alrededor, tocando su suave melodía,
esa música que siempre me irritaba, pero que ahora me parecía cálida y hermosa.
Los demás pasaban junto a mí tapándose las narices, mirando siempre hacia adelante,
nunca abajo y nunca atrás, diciendo que me lo merecía por vago, borracho,
drogadicto, ratero y muchas cosas más… Pero de que hay buena gente hay buena
gente, ¿verdad? Una buena gente lo llamó y usted, como buena gente que es, vino
a curarme. Y aquí está, intentándolo, jurándome que voy a estar bien,
preocupándose por mí, llorando por mí… Perdón que le agradezca nomás con la
mirada, pero ya no puedo hablar.
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