Malas lenguas, juicios imprudentes y hombres egoístas

Nunca me gustó leer ni escribir. En mi opinión, lo errores de la vida se reflejan en la ficción. Un hombre que nunca fue amado encontrará en un relato la satisfacción o la condolencia más extrema de un mártir. Lo mismo con la guerra, la religión, la familia o cualquier tema. 
    Por supuesto, todos esos errores son producto de una vida sosa y llena de preocupaciones. Los verdaderos artistas, los verdaderos hombres dignos de ser admirados, son aquellos que escapan de sus ataduras. No me refiero a los anacoretas o a los que viven una vida de excesos, esos son los más perdidos.  Los primeros porque creen que una sola cosa les dará la salvación, y los segundos porque se burlan de la inanición con lágrimas sacadas del hastío de los excesos.
     La compañía no constriñe ni limita. Si se usa como es debido, proporciona la máxima felicidad. Un verdadero compañero es aquel que piensa como tú, o que al menos dedica la vida a hacerlo. Nunca busques la relación de alguien que desprecias, pero que te ama. Si mueres solo por seguir este principio, al menos sabrás que luchaste por lo que querías y que, asimismo, no viviste atado a un destino infructífero. 
     Pocas personas conozco, o más bien, tengo noción, que tuvieron vidas maravillosas. Conocieron el amor, viajaron, tuvieron muchos amigos, fueron líderes e influencias surgidas de la veneración y no del enclaustramiento. Evidentemente, yo no soy uno de ellos. A la primera seña de esperanza, me lancé con todas mis fuerzas a una muerte segura. El precio fue fatal. Aquello a lo que le dediqué mis días nunca me correspondió; y si no lo hizo fue porque nunca quiso hacerlo. Sobre esto no hablaré más, pues es triste, aburrido y patético. 
     Muy tarde en mi desarrollo encontré una historia, un relato de alguien que murió en su fe. Sobre él prefiero contar. Sé cómo se llama y dónde vive sólo por las referencias que vagamente he recolectado. No tengo ningún tipo de finalidad para narrar su historia. Este texto no es una lección de vida, a mí nunca me sirvió y mucho menos me importa si quien lo recoga se limpie o no la mierda con él. 
     No tengo esperanza alguna en la humanidad porque nunca pude encontrar lo que quería. Sé que ello existe, simplemente soy una persona más que pide lo que una persona puede pedir. Los azares del destino son amplios como el universo. Puedes ser un pez en un mar inmenso y, aun así, vivir rodeado de asfixiante agua por kilómetros y kilómetros.
     Si a ti, lector, te sirve de algo, esparce la palabra que los dioses callan. Él y yo podemos estar muertos, pero la vida sigue. 

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